Alumbremos nuestro aprendizaje intercultural

Otro mundial acaba de partir. Dentro de un marco deportivo, en este caso, permanentemente se mostraron imágenes de tantas culturas entrelazadas.  La interculturalidad cobro vida plena y se presentó ante nuestros ojos en “vivo y en directo” durante un mes.

Sin embargo, todos sabemos que la interculturalidad no sólo se da cada cuatro años. Muchos la vivimos casi en forma cotidiana de distintas maneras y en distintos escenarios  Hoy en día, son muchas las oportunidades y los contextos que nos brindan la posibilidad de disfrutar de un diálogo intercultural también permanente: ámbitos laborales, educativos, familiares, sociales. Las nuevas tecnologías, además, nos permiten conectarnos globalmente todo el tiempo. Aquellos que contamos con las herramientas tecnológicas necesarias hasta “traspasamos” fronteras sin salir siquiera de nuestros hogares.

Ahora bien,  ¿Estamos realmente preparados para “vivir” el diálogo intercultural? ¿Sabemos “comunicarnos” y “comprendernos” entre culturas o necesitamos formarnos en la interculturalidad?  De ser así, en que momento deberíamos iniciar el proceso de aprendizaje intercultural? Cuándo tendríamos que comenzar a “prepararnos”?

Muchos interrogantes que nos invitan a reflexionar. Las respuestas pueden ser tan amplias como diversas las miradas. Sin embargo,  existe una realidad indiscutible: el hecho de que, en los últimos años, los estudios interculturales han ganado espacio en función de las necesidades de este siglo: profesionales y estudiantes globales, familiares y amigos que se convierten en “ciudadanos del mundo”, …images

El Impacto de  la transculturalidad hace que constantemente exista esa búsqueda de flexibilidad mental, de apertura y de sensibilidad cultural para saber y poder adaptarnos cuando diferentes culturas se dan la mano; para comprender, respetar y valorar la “totalidad” inherente a toda cultura, desde lo “observable” hasta esos otros aspectos que no vemos a simple vista sino que vamos descubriendo a medida que nos adentramos en su iceberg.

Si nos educamos en la interculturalidad, iremos encontrando diferencias y aprendiendo de ellas, las entenderemos mejor y, así, iremos derribando barreras interculturales, desdibujando prejuicios, quitando el “velo anestesiante” a estereotipos e imágenes  cristalizadas y abriendo las puertas a ese diálogo fluido entre culturas que buscamos.

Cuando nos educamos  en la interculturalidad, permitimos que nos enriquezcan y nos enriquecemos, que nos descubran y, a su vez, descubrimos y nos descubrimos  e iluminamos  otras miradas, las que, a su vez, iluminan la nuestra.

Cuando nos educamos en la interculturalidad, ayudamos a tender puentes para lograr un mundo mejor vinculado, con lazos que nos hermanen y, al mismo tiempo, hacemos que nuestro mundo alcance mayor trascendencia y dimensión.

De hecho, a medida que logramos traspasar fronteras interculturales ¿acaso no traspasamos también nuestros propios límites, nuestras propias diversidades y fronteras y vamos reconstruyendo nuestra identidad?

Alumbremos, entonces, nuestro aprendizaje intercultural e iniciemos ese “camino del interculturalista” que nos hará recorrer lugares increíbles, encontrar espacios y personas que nos iluminarán en la diversidad y  puntos de apoyo que nos fortalecerán y harán que contemos con más herramientas cuando se nos presenten el desafío y la aventura de convivir  con diferentes culturas.

No esperemos a otro mundial para iniciar el trayecto de ese camino. Tratemos de darnos la oportunidad de recorrerlo pronto. Nos sorprenderemos a cada paso.

Mariela Kaddour

Mas allá del Mundial

Por Michelle Kort*

Sumergirse en una cultura desconocScreen shot 2014-06-20 at 4.08.22 PMida. Mezclarse con su gente. Aprender un poco de su idioma y compartir algunas de sus costumbres. Bailar al ritmo de su música, saborear su comida. ¿Sentiste alguna vez, en el proceso de aprender y experimentar una cultura, que la cultura misma te bañó de cuerpo entero y cambió una parte de quien eras?

Entre el furor de este mundial, y a medida que nos acercamos al partido de Argentina con Irán, me ha inundado una nostalgia increíble por una cultura que me abrió su corazón de par en par cuando viví en Estados Unidos. Puedo imaginar a mis amigos iraníes reunidos delante del televisor, ansiosos, inquietos. Visualizo sus expresiones y presiento sus expectativas. Fantaseo con la comida que llevarán al encuentro: ensalada Olivier (con papas, pollo y mayonesa), mast-o-khiar (yogurt con especias), kashk bademjan (plato de berenjenas), y queso feta con barbari u otro tipo de pan. Si alguno de mis amigos logró hacer a un lado el estudio para dedicarse a la cocina por varias horas, puede que un plato de kabob (brocheta de carne), kubideh (carne picada con especias) o khoresht (guiso) también forme parte del festín. Quizás las chicas no estén vestidas de punta en blanco para este evento como suelen estarlo, pero seguramente se maquillarán a la perfección. ¡Nunca me veré tan espléndida como lo hacen ellas! Por parte de los hombres, anticipo los chistes que serán dirigidos hacia a mí –la única argentina y no iraní del grupo – respecto al resultado del partido. Escucho sus voces y casi puedo adivinar algunos de los cantitos que cantarán para alentar a su equipo una vez adentrados en el partido.

Y es que hace aproximadamente seis años que los conozco. Hace seis años abrí mi corazón a uno de ellos y a través de él se dio esta increíble aventura y experiencia de ser adoptada, cálida y amorosamente, por una comunidad de hombres y mujeres iraníes, en su mayoría estudiantes de la universidad en donde hice mi carrera de grado. Ahora en Argentina, extraño esa cultura, ese grupo de individuos intelectuales pero sumamente humildes a quienes el deseo de mejorarse académica y profesionalmente los llevó a miles de kilómetros de su tierra natal, de sus familias y amigos. Ese grupo de personas que bajo la imagen estereotipada de su nación a veces duda al momento de revelar su nacionalidad; a veces nombraScreen shot 2014-06-20 at 4.14.03 PMn a su país y contienen la respiración por un momento, no sabiendo bien cuál será la reacción de su interlocutor.

Extraño su generosidad, sus sonrisas, su apreciación por la vida. Extraño la familiaridad del backgammon en las reuniones de fin de semana; la presencia de los frutos secos y las nueces como aperitivo complementario para casi cualquier hora. Y por supuesto extraño el chai (té), tan compañero de los iraníes como el mate lo es para los argentinos. Son tantos los recuerdos gratos: de personas, comidas, objetos, sonidos, melodías, olores, imágenes. Sabía que los iba a extrañar pero creo que no anticipaba esta nostalgia, este espacio vacío que siento en mi corazón como si hubiera perdido una parte de mí misma, de mi propia identidad.

Este sábado 21 de Junio alentaré al equipo argentino; pero estaré pensando en todos ellos –mis queridos amigos iraníes – deseando estrecharles la mano fuertemente y agradeciendo a la vida la oportunidad que me dio de conocerlos… más allá del fútbol.

*De padre argentino y madre estadounidense, Michelle Kort ha vivido su vida dividida entre dos países. Luego de terminar la escuela secundaria en Argentina, Michelle se mudó a EE.UU., donde hizo su carrera de grado y trabajó en el ámbito universitario. Durante ese período de su vida, Michelle conoció a estudiantes de todas partes del mundo y aprendió sobre culturas que hasta ese momento habían sido completamente desconocidas para ella. El siguiente artículo es un reflejo de ello.

¿Querés saber más sobre Irán?

El fútbol en Irán, su relación con la sociedad y la cultura

Cinco claves para entender Irán

Es un sentimiento

El Mundial de fútbol llegó y todos los argentinos nos ponemos muy, muy contentos. Todos, aún aquellos que difícilmente podrían explicarle a alguien qué es un offside, somos captados por el espíritu mundialista que se apodera de las pantallas, las calles, las tiendas, la indumentaria y los temas de conversación. Los argentinos nos sentimos ansiosos, nerviosos, expectantes… y más argentinos que nunca. O al menos, eso nos dicen muchos spots publicitarios.

En el libro “Hinchadas”, Conde hace un poco de historia. En los años 50, el fútbol comienza a ser entendido como el deporte popular, es decir, el deporte de todos. Y por ser de todos, el fútbol se vuelve ineludiblemente maravilloso. Años más tarde, utilizado por los gobiernos de facto para lograr la unión de todos los argentinos, el fútbol nos junta aún en el momento de mayor fractura nacional. Pero es a partir de los años 90 y se mantiene hasta el día de hoy, que el rasgo que distingue al fútbol argentino es la pasión. La pasión es ese sentimiento incontrolable, puro, cuasi animal, que no entiende de razones, que sólo responde a lo más instintivo y honesto… al corazón.

Alrededor de esta idea se desarrollan algunos de los comerciales más memorables:

Una marca de productos electrónicos muestra situaciones cotidianas en las que se comunican usando metáforas del fútbol y sintetiza: “Amás el fútbol, amás Argentina”.

Otro comercial habla de “Inflar las redes de los otros, inflar el pecho de los nuestros”, es decir, de hacer goles en el arco contrario y sentirse orgullosos de eso.

Las leches maternizadas tampoco pierden oportunidad: con las mamás de los más grandes jugadores de la Selección contando cómo eran cuando eran niños pequeños, el slogan reza: “Gracias por alimentar tanta pasión”.

Otro muestra a los argentinos admirando costumbres y estilo de vida de otros países. Luego, en contraposición, muestra a personas de otros de distintas nacionalidades conversando sorprendidos y sin entender acerca del modo en que los argentinos juegan, viven y aman el fútbol. ¿La explicación? “Es cultural”.

La idea de que “Dios es argentino” se materializa en un spot en el que la voz del Todopoderoso le habla directamente al pueblo argentino y se confiesa responsable de algunas intervenciones pasadas para ayudar al equipo a ganar, pero se desliga totalmente de cualquier responsabilidad en las jugadas magistrales que han hecho historia. Eso es obra y gracias de… los (jugadores) argentinos.argentina mundial

“Y bendito ese momento que nos regala el fútbol, de poder cambiar nuestro destino y sentir otra vez y frente al mundo Lo glorioso y lo groso que es ser argentino”. Con estas líneas finaliza otro de los spots. Porque los argentinos pueden hacer muchas cosas mal… pero en el fútbol son los mejores.

Al compás de la canción “No me arrepiento de este amor” se muestran situaciones cotidianas de la vida en las ciudades argentinas mientras se juega el Mundial: gente improvisando un bar en una esquina para ver los partidos, las mascotas vistiendo la camiseta, peregrinos cumpliendo promesas, empleados que mientras hacen su trabajo, tienen la vista en la televisión. Nadie escapa.

Otro muestra a hombres comunes, jugando torpemente entre amigos y en canchas improvisadas, sin habilidad ni estado físico, pero con el compromiso y las mismas ganas que si jugaran el Mundial. No importa quiénes son los jugadores porque, jugador o hincha, durante el Mundial todos son argentinos.

“Se van a encontrar con un país que no duerme. Se van a encontrar con un pueblo que inventó algo mejor que el fútbol… el amor al fútbol.”, advierte un comercial a los jugadores de otras selecciones.

¿Cómo son los argentinos? ¿Cómo se dice que son? Numerosos artículos se han escrito; otras tantas investigaciones se han realizado, pero cuando se trata de representar a los argentinos durante el Mundial de fútbol la ecuación es muy simple:

El deporte de todos los argentinos es el fútbol. El fútbol es pasión. La pasión no entiende de razones. Los argentinos sienten pasión por el fútbol y eso es un sentimiento que, como dice una de las canciones más conocidas de la hinchada, no puede parar.

 

Lucia Alfonso